La peor inversión financiera … es exactamente lo que hice algo más de cuatro años. Comprar una segunda vivienda en el pico de la burbuja inmobiliaria está rigurosamente reñido con el sentido común más elemental. Con el paro por las nubes, la prima de riesgo desorejada, con ausencia total de dirigentes con las tres I’s (Iniciativa, Ilusión e Imaginación), lo más sensato en primera instancia es quedarse en tu casa con la luz apagada esperando a que escampe el temporal.

No voy a echarme flores diciendo que hoy volvería a hacer lo mismo, pero os aseguro que no me arrepiento (bueno, no nos arrepentimos mi santa y yo) en absoluto de haber tomada esa decisión. Como ya comentaba en este post, comienzas haciendo algunas llamadas para informarte y antes de que te quieras dar cuenta, ya hay 6000 € que han cambiado de manos en concepto de señal.

Desde entonces, sólo puedo contar viernes deseando escapar de Madrid, nuevos (y extraordinarios) amigos, fiestas populares, baloncesto, ciclismo, fotografía, cocina, sol, nieve, veranos inolvidables, cañas al sol con mi Santa  … y sobre todo disfrutar de unas fieras que sólo serán niños una vez en la vida.

 

Mucho se ha escrito últimamente sobre el término nativo digital, como aquella persona que ha convivido desde su nacimiento con la tecnología digital (yo ya lo hice en esta entrada). Si bien la Wikipedia cifra el año a partir de cual uno se considera nativo digital en 1979, personalmente pienso que esa fecha ha de retrasarse bastante más. En mi opinión, un nativo digital es el que pone cara de haba cuando le cuentas que antes no había móvil ni Internet. Me temo que eso sitúa el año de nacimiento para ser considerado nativo digital alrededor del año 2000.

Al margen de cifrar el año del advenimiento del nativo digital, el objetivo del post es comentar el asombro con el que veo como mis hijos y mis sobrinos se desenvuelven de manera nativa en el mundo digital, manejando cada vez plataformas y aplicaciones más complejas.

Mi sobrina de 7 años ha creado su propio blog, en el que publica posts con cierta regularidad. Antes que me digáis que eso es perfectamente normal para una niña de su edad (!?), permitidme que os comente como, ante la atónita mirada de su padre, entra en el escritorio de administración del blog, y hackea como quiere los menús, los colores, los widgets, las fuentes, los enlaces, y lo que haga falta. Según me cuenta su padre, antes de que terminen de decir la frase “niña, no toques ahí”, ella ya ha apretado al botón de turno, y dice “mira, ¿ves?, todo está bien”.

Sobre mi hijo, no hace mucho comentaba en FB como aprovechaba los cuelgues de Google Talk a su antojo, cuando le preguntaba la lección a distancia. Desde la otra punta de Europa, se me escapaba la risa floja cuando después de cada cuelgue, el se descolgaba con: “… y como te decía, papá, con esto he terminado de contarte  el tema”. Sin embargo, lo que nos tiene a sus seguidores más que asombrados, es la manera en la que este moco de 11 años ha comprendido desde el minuto cero, el sentido de twitter. Desde que se abrió la cuenta, tuvo claro que twitter es un pulso a la actualidad en 140 caracteres, y ahora es incapaz de ver un evento (ya sea una final de copa, o Eurovisión) sin pedir compulsivamente un ordenador, un ipod, un iphone o lo que sea donde poder enviar tweets tremendamente informativos e ingeniosos.

En fin, no se vosotros, pero yo, como inmigrante digital (intentando cada día que se me note menos), no dejo de asombrarme (con cierta envidia, he de reconocerlo) cada día.

 

Uno de los pilares de la inteligencia emocional que Daniel Goleman explica en su libro, es la autoconciencia. Es decir, conocer nuestras emociones, fortalezas, debilidades, necesidades e impulsos. (El resto de las habilidades emocionales son: autoregulación, motivación, empatía y habilidades sociales). Si bien es virtualmente imposible dominar las cinco vertientes de la inteligencia emocional, siento una especial predilección por la autociencia, ya que es precisamente esta la que te dicta como andas en las otras 4 (en ese sentido es un poco meta-conciencia :)).

Los afortunados poseedores de una autoconciencia en condiciones, saben cuando están angustiados, irritados, agobiados o acarajotados. Esto es especialmente útil para conocer cuando uno está sometido al llamado secuestro emocional, y es capaz de contar hasta diez antes de hacer algo de lo que luego pueda arrepentirse.

Otra cualidad, no menos interesante, de la autoconciencia es que permite conocer las fortalezas y debilidades de uno mismo. Así, los afortunados de los que hablaba antes, saben si se les da mejor la pintura, la escalada, el cante jondo o las ecuaciones diferenciales.

Lo realmente complicado ocurre cuando el paso del tiempo nos hace madurar, y aquellas habilidades que (de toda la vida) sabíamos que se nos daban bien, nos resultan un buen día extrañamente ajenas. Un colaborador que tuve hace unos años, decidió tomarse un periodo sabático para dedicarlo a la música y las matemáticas, en el convencimiento de que estaba cercana su edad de máximo en el pensamiento abstracto (que el cifraba alrededor de los 35 😛 ) y quería aprovechar el tiempo que le quedaba. Después de esa edad, comentaba, no es que uno se vuelva idiota, resulta simplemente que desarrolla otro tipo de habilidades.

En mi caso, sin estar seguro de compartir en su totalidad el razonamiento de mi compañero, si me pregunto con el paso de los años a qué debo dedicar mi esfuerzo para obtener el máximo rendimiento. Con una formación en ingeniería, es algo frustrante ver como se me resisten las ecuaciones cuando trato de pegarme con ellas tras años dedicado a otras tareas. Veo con cierto asombro como en mis “40’s & climbing”, me reporta más éxito la ingeniería social aplicada al desarrollo de negocio que la ingeniería aeroespacial que en su día estudié.

En fin, puede que todo este rollo no sea más que una crisis de los 40 en grado leve. En cualquier caso, a ti, ¿qué es lo que se te da bien? 😉

 

Debe ser la edad. Cada vez le tengo más alergia a la gente que antes de conocerte, asume que tienes una ausencia de criterio absoluta, y encima considera que tiene todo el derecho del mundo a meter la mano en tu cartera.

Por ejemplo, es común encontrarse con que el uniforme de algunos centros escolares sólo puede adquirirse en un único establecimiento. Las presuntas virtudes de ese establecimiento, a menudo se le escapan a los que les toca rascarse el bolsillo (a los padres). La ausencia total de competencia provoca, como era de esperar, un precio que quita el hipo y una apatía notable por parte de los vendedores, que saben que sólo tienen que esperar a que todo un colegio desfile por su puerta. Lo más irónico llega cuando algunos padres, ante esta situación y en su condición de amantes del riesgo por naturaleza, a veces intentan comprar ropa prácticamente identica a la “oficial” a precios más moderados. Cuando la dirección del centro detecta este hecho, alude sin piedad al “cumplimiento de las normas”. Oiga, yo soy el primero que respeta las normas, pero si al final voy a pagarlo todo, digo yo que podré tener algo que ver en la selección del proveedor/es, ¿no?. Paga y calla

Otro ejemplo de tomadura de pelo curiosa, lo tenemos en el famoso asunto de las fotos en las bodas/bautizos/comuniones. Al miserable hereje que se atreve a sacar su camarita para sacarle una foto al niño en la iglesia, se le reprende con argumentos de respeto en un lugar santo. … curioso, respeto del que nadie se acuerda para elegir a dedo (con algún criterio que se me escapa) al fotógrafo “oficial” de la iglesia en cuestión. De nuevo me parece perfecto el tema del respeto en un lugar sagrado, pero si al final voy a pagar yo, pienso que debo tener algo que ver en la elección del fotógrafo, ¿no?. Paga y calla.

Por último (para no aburrir más), me llama poderosamente la atención la manera en la que se gestiona el cobro de las multas. Si se te ocurre protestar, tienes que hacerlo en persona, y aportar una fe de vida, con lacre de cera, la partida nacimiento y una recomendación papal todo en manuscrito original firmado por toda tu familia y en horario de 11:00 a 11:30 los Lunes 29 de Febrero. Para conocer la resolución de tu queja, tienes que volver al mismo sitio pero esta vez en horario de 09:00 a 09:05 los miércoles posteriores a un eclipse de luna llena. Eso si, para pagar una multa lo puedes hacer en el momento en cash, tarjeta o cheque, en el banco, la web, por SMS, por email, por tamtam y por señales de humo. Y lo más llamativo de todo es que al reclamar pierdes el derecho a la bonificación. Es como decir: “Oiga, puede que yo no tenga razón, pero si me paga ahora le hago un descuentito de amigutes y apañao!”. … Paga y calla

 

Delayed

Pues eso, Eyjafjallajokull. Bajo ese angelical nombre se encuentra el glaciar que alberga el volcán que me ha traído de cabeza los últimos días. Poco me podía imaginar yo el jueves por la mañana, cuando leí en la web que un volcán había hecho erupción en Islandia, que mis siguientes 36 horas iban a ser de infarto. A las pocas horas de la erupción, UK cerró su espacio aéreo y mis temores se hicieron realidad cuando la web (en versión reducida por el número de visitas) del aeropuerto de Bruselas mostraba el aspecto que veis en la foto de este post. Ante la imposibilidad de volver en avión desde Bruselas, pensé que lo más razonable sería tomar el THALYS a París y volver desde ahí a Madrid (en avión o en tren).
En cualquier caso, y como era de esperar, mi comando logístico de cabecera en Bruselas salió a mi rescate (gracias David y Ara as usual) por si algo fallaba. Ya en la Gare du Midi en Bruselas, empecé a darme cuenta de la dimensión del asunto. Era Jueves por la tarde y todos los trenes a Alemania estaban completos hasta el viernes y los de UK hasta el Domingo. La sala de venta de billetes comenzaba a llenarse literalmente hasta la última esquina de viajeros que, como yo, intentaban salir de allí de alguna manera. Por suerte, aún quedaban plazas a París, pero no llegué a tiempo para tomar el último tren que salía para Madrid.
Durante el viaje París, el asunto tomó mejor aspecto ya que conseguí obtener uno de los pocos billetes para volar a Madrid (con vueling!!) que quedaban disponibles para el viernes. Al fin y al cabo, cenar en París y comprar ropa adicional (para evitar el reciclado!) en La Fayette tampoco está mal, ¿no?. Por cierto, queda demostrado que los gustos en cuanto a compra de ropa se alteran severamente cuando uno se va de viaje (mi santa me ha dicho que nunca se hubiera imaginado que me podría comprar la camisa que me compré, … !pues a mí me gusta!).
No debí ser el único que hizo lo mismo (ir a París), ya que fue realmente difícil encontrar un hotel en París. Finalmente terminé en un IBIS indescriptible cerca de Charles de Gaulle lleno de Spring Breakers haciendo ruido por la noche y que para hacer tu estancia más agradable habían decidido no poner jabón ni champú en el baño. Lo único positivo fue la tortilla de patata en el desayuno (!?).
En la mañana del viernes, el panorama cambió tremendamente a peor cuando comprobé lo que ya me temía la noche anterior: habían cerrado también los aeropuertos de París. En justa lógica, la mayor parte de los viajeros habían decidido tomar el tren, y era completamente imposible salir de París en tren a varios días vista. La única vía de escape que quedaba libre eran unas pocas plazas de un autobús que te llevaba a Madrid tras 17 horas de viaje con salida el sábado a mediodía.
Ya el día anterior se me había pasado por la cabeza alquilar un coche en París, y viajar hasta Barcelona para tomar allí el Puente Aéreo. De repente, los 1000 Km que el día anterior se me hacían eternos, me parecían ahora bastante llevaderos. Con esa intención me fui al parking de coches de alquiler del aeropuerto CDG, y el momento de bajón más grande me vino cuando en todas las ocasiones me decían lo mismo (SIXT, AVIS, National, Alamo, Hertz): no queda ni un sólo coche. El efecto dominó en mis propias carnes.
De camino a la salida vi una oficina de Europcar, abarrotada de gente, a la que me dirigí con bastante poca fe. Nunca he disfrutado más del acento francés que cuando la joven del mostrador me dijo:”vi hav one, but is vegui smallg, … it is an Opel Corgsa”. Casi se me quema la tarjeta de crédito de lo rápido que desenfundé.
El resto del viaje, por suerte, salió según lo planeado. Tras 1000 Km de nada en un Opel Corsa conseguí llegar a BCN para tomar el penúltimo puente aéreo, e incluso la empleada de Iberia en el Check-in tuvo la gentileza de hacerme un upgrade a Business cuando le conté mis penas.
Según escribo este post (sábado por la noche) el espacio aéreo belga sigue cerrado.
Moraleja: vigila los glaciares Islandeses antes de salir para Bruselas.

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